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viernes, 12 de febrero de 2010

Mateo y el Opus

Cuando llegó el día miércoles, yo era una olla a presión. Pero, como he aprendido de la vida de los santos, la paciencia es una gran virtud y puse todo en las manos del Señor. Bueno, no todo.
Fui a las 20:30 hs. a la reunión del Opus Dei en la Parroquia con mi novio Mateo.
"Mateo Vásquez Paz, abogado. Para servirle." Como le gustaba presentarse a sí mismo.
La situación con el padre Amadeo había quedado un poco tensa. Así que me pareció una buena estrategia presentar a mi novio para distender el asunto.
Cuando le conté a Mateo que me habían invitado al Opus Dei, se puso loco de contento. Como él es un hombre de buena familia, un señor abogado y un "niño bien" -claro- le entusiasmó muchísimo la idea de "pertenecer" al Opus. Porque él era católico pero no cualquier católico, sino uno con una profesión renombrada y qué mejor que el Opus Dei para regodearse con sus ínfulas de "Doctor Vásquez Paz" y, como aditivo, sumar puntos a su imagen pública.
Papá y mamá estaban chochos con Mateo. Es que se trataba del muchacho justo para presentarle a los padres: de buena familia, abogado, prolijito, muy muy educado y con intenciones serias.
Ah! Y obviamente, me respetaba. Sí que me respetaba. Demasiado me respetaba, ni una teta era capaz de tocar.
Y como todo tipo presentable, de esos con los que sueñan los padres para sus hijas, era un pelmazo. Claro que, como todo pelmazo, caía siempre bien. No sé cómo ni porqué, pero caía bien.
Ergo, Mateo, era mi pasaporte asegurado para entrar en ese círculo de pedantes profesionales católicos y ganarme la confianza del cura.

-Padre, le presento a mi novio...
-Mateo Vásquez Paz, abogado. Mucho gusto. -estirando la mano-.
-Mucho gusto...-dijo Amadeo-.